domingo, 6 de marzo de 2011

Cambio de rumbo

La llegada del Nuevo Amanecer 

Eran las 8 de la mañana cuando Miguel salía de su humilde departamento a buscar su diario de todos los domingos. Mientras caminaba lentamente medio adormilado, observaba como en estado de encantamiento, las absortas calles de Buenos Aires.
Cuando llegó al puesto de diario, solo a unas cuadras de su hogar, ahí estaba, al igual que todos los días, quien se encargaba del puesto de diarios de la zona.
-Hola José-dijo Miguel al diariero-¿Cómo está tu nena?, ¿Mejorando?
-Parece que sí, de todas maneras el médico dijo que hay que esperar los resultados-Respondió José un poco preocupado.
-Tranquilo, todo va a salir bien.-Dijo Miguel un poco por obligación.
-¿Lo de todos los domingos?-Cortó el diariero como queriendo cambiar de tema.
-Si claro, lo de siempre.
Una vez que le entrego el periódico, se saludaron afectuosamente y Miguel volvió recorriendo el mismo camino de antes. José y Miguel se conocían de muy pequeños, ambos vivían en San Justo desde hace mucho tiempo.
Cuando Miguel llegó al departamento tomó el ascensor, presionando el número 6 casi de manera inconsciente. Su esposa lo estaba esperando con el mate preparado y unas facturas que había ido a comprar antes que el llegara, en la panadería del barrio. 
-¿Y amor, como anda la nena de José?-Dijo dulcemente Marta, su esposa.
-Me dijo que faltaban unos estudios para ver qué pasa, lo vi muy preocupado a él, tantas cosas le pasaron últimamente. Pobre José. 
-Si es verdad, pobre.
Mientras Marta preparaba los mates como le gustaban a Miguel: poca cantidad de azúcar, algunas cáscaras rayadas de naranja y una yerba bien suave,  él se concentraba en la lectura del diario del domingo, la parte de política era la que más le interesaba pero de todas forma lo leía completamente porque le gustaba estar informado.
Ese día pasó sin más novedad, lo mismo de todos los domingos. Muchas veces Miguel pasaba varias horas sin poder dormir, pensando en lo rutinario y aburrido de su vida. Estaba bastante cansado de sentir que todos los días eran exactamente iguales. Poco a poco, la esperanza de que está situación iba a cambiar la veía cada vez más lejana.
Al día siguiente se despertó a las 4:30 de la madrugada al igual que todos los días de la semana para ir a trabajar a la oficina. No había sido una noche común y corriente, le costó dormir mucho más de lo normal, y cuando logró hacerlo no paró de tener pesadillas hasta la hora en que se levantó. Se sentía como si, verdaderamente esa noche no hubiera dormido. 
Después de darse un baño rápido tomó unos mates bien fuertes y salió rumbo a la parda del 55 que lo llevaba a pocas cuadras de su trabajo en Palermo.
A medida que caminaba hacia la parada, observaba la desolada ciudad, pero no por falta de gente sino por la carencia de vida a esas horas de la madrugada cuando la ciudad se despertaba para trabajar.
Avanzaba lentamente, casi sin voluntad, arrastrado por la obligación de llevar dinero a su casa para que él y su esposa puedan vivir de la mejor manera posible. Cerca de donde se tomaba el colectivo se observaba las "casas" improvisadas de algunos linyeras sin hogar. 
Subió al colectivo y se sentó para dormir como todos los días, agachó la cabeza y se desvaneció.
De repente se vio sentado en un cuarto, el solo en el medio de la habitación con una silla, una pequeña mesa, una hoja y un lápiz. Comenzó a escribir. No podía distinguir que era lo que estaba escribiendo, pero lo sentía como algo importante, como algo que nunca había hecho antes. Mientras seguía escribiendo un hombre alto, pelo canoso, bien fornido se le acercó. No sintió temor, el solo se dedicaba a escribir lo que sea que fuera. El extraño vestía un traje verde oliva con una corbata marrón claro que quedaba muy bien formado debido a su privilegiada contextura física. El extraño solo lo observaba, miraba atentamente lo que el escribía y de a ratos sonreía. Se sentía bastante incomodo que el extraño sepa que escribía mientras que el mismo no se pudiera dar cuenta. De repente se detuvo, observó detenidamente al extraño y este comenzó a mover sus labios como modulando alguna palabra y en ese momento de un sobresalto despertó. El chofer del colectivo golpeaba las manos para avisar que se había terminado el recorrido, Miguel se había pasado unas 10 cuadras de su trabajo, pero eso no le preocupaba, no sería la primera vez.
Bajó del colectivo un poco aturdido, tratando de entender lo que había sucedido en ese sueño tan extraño, la sensación de realismo era atroz, lo perturbaba bastante. El rechinar de las correas del motor del colectivo al arrancar lo aturdió aún más.
Poco a poco fue avanzando, un poco confundido trataba de pensar, pero mientras más lo intentaba peor era. La cabeza comenzó a dolerle y el cansancio de la mala noche, aplacado un poco por el café se volvió a sentir.
Llegó al trabajo, ficho el horario de entrada y había llegado 10 minutos tarde, la segunda vez en sus 10 años de trabajo en esa empresa que llegaba tarde.
Al parecer la rutina diaria no se cumpliría para este lunes un poco particular.   


jueves, 3 de marzo de 2011

Peor el remedio que la enfermedad

"Peor el remedio que la enfermedad", frase muy cierta en muchos aspectos de la vida, y mucho más cuando a medicamentos se refiere. Nos dicen: tome esto señor, toma aquello y por ahi muy chiquito aparecen las famosas contraindicaciones.
Pero bueno este no era el caso de este post, sino a lo que apuntaba era a la utilización de esta frase en cuanto a prohibiciones. Es decir, por mas que se imponga una prohibición, el ser humano tiene ese ánimo aventurero de quebrantarla inebitablemente. ¿Y esto está mal?. Yo no lo puedo responder, pero de todas formas es algo que al parecer esta en la esencia del ser humano y que es, en la mayoría de los casos, inevitable.
Hasta acá estamos bien, pero hay muchos veces que se impusieron distintas prohibiciones y se siguen haciendo pero con total "impunidad" las sobrepasa una y otra y otra vez. 
Finalmente llegamos al punto de:
Si quieres que haga algo, prohíbemelo. 


De todas maneras las prohibiciones siguen ocurriendo: los estados prohiben, las religiones prohiben y hasta los padres prohiben.
Pero la naturaleza es más sabia, en esta no hay prohibiciones, pero naturalmente existen castigos. El animal sabe donde debe meterse o no, no porque esté prohibido, sino porque debido a su intución natural "conoce" cuales son las consecuencias que tendría en caso de que realizara dicha acción.
Sin ir mas lejos, todas las palabras y conceptos son creados por el hombre, y se observa muy bien esto al analizar la etimología de la palabra:
Prohibir deriba del latín prohibere, formada por el prefijo pro (apartar, mantener lejos) y habere (tener), osea que en el nacimiento de esta palabra su significado sería tener alejado pero con el tiempo fue derivando en ocultar o evitar hasta llegar al la concepción actual de impedir.
Como se observa, las palabras las va creando el hombre y va adoptando distintos significados dependiendo de los contextos, de esta manera palabras como éstas terminan perdiendo el verdadero significado.
Pero de todas maneras se debe observar que al ser humano tiene cierto cariño hacia lo prohibido, entonces ¿por qué se sigue prohibiendo tanto?. Tal vez sea la misma debilidad del hombre hacia lo prohibido que lo lleva a colocar impedimentos a otros hombres, de manera que sean quebrantados una y otra vez.
Por ejemplo, el caso de un padre que prohibe a su hijo hacer tal o cual cosa, imponiendo un falso respeto hacia éste, creyendo de esta manera que su hijo no realizará dicha acción cuando en el fondo sabe que lo va a hacer de igual manera que lo hizo él mismo.

Finalmente creo que la cuestión está en no prohibir, sino concientizar a los individuos de que cada acción que realiza tiene una consecuencia y que cada uno debe hacerse cargo de lo que ésta consecuencia pueda significar. De esta manera todos podríamos realizar lo que cada uno quisiese, como en el caso de los animales, pero evaluando a cada momento los riesgos tomados por nuestra devoción hacia el libre albedrio.

Saluda, Pablo.